Crónica
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| Foto: De izquierda a derecha están: Asunción, Kristian, Juan Sebastián y Lucio Cerino (+) |
Kristian Antonio Cerino
Jalupa, Tabasco.
En la casa de Lucio Cerino Cruz (1926) había pocas cacerolas. Lo que más se encontraba -de principio a fin- eran saxofones, timbales, cables, bocinas y un güiro viejo que casi siempre colgaba detrás de la puerta.
Llegar a la casa del abuelo era saber que las conversaciones podrían ser las novedades en su Jalupa, las fiestas patronales y el quehacer de los grupos musicales.
O se hablaba de Los Vagabundos, el grupo que fundó Cerino, o de Los Rubin´s, la otra banda musical en donde ya tocaba mi padre.
De niño siempre escuché cantar a los hijos del abuelo. A otros lo vi golpear los platillos, las tumbas, y soy testigo de cómo el primo Anibal se ganó la vida en las tocadas, desde que era niño, primero con la batería y después con el bajo eléctrico. Cerino para Anibal fue su padre. Sólo eso.
Como en la casa de Cerino el patio era el salón Paty, los cencerros estaban por todas partes. Había panderos, tarolas, bombos y el libro de música que ningún principiante ignoraría: el método de solfeo de Hilarion Eslava.
Pero en la bodega de Cerino se encontraban instrumentos que fueron usados en décadas pasadas. Aunque él nunca lo dijo, en aquellos años maravillosos llegué a pensar que la bodega era un museo de la música. Era como observar la evolución de los instrumentos ante los nuevos que adquiría la familia.
En fin, la casa del abuelo -frente a la iglesia de san Juan- fue el punto de encuentro de los grandes grupos musicales, fue la mesa que convocó a bateristas, saxofonistas y cantantes, fue la estancia perfecta para sólo pensar en la música de los Cerinos: la tropical.
Cuando cierro los ojos veo al abuelo con su saxofón bosquejando en el aire No guardes esas flores de blancas mariposas, y también lo miro con un mapa que hacía de manera artesanal para vender las mesas que se usaban en los bailes que él organizaba, justo aquí sigo creyendo que jamás murió, sino que aún se le ve caminar por la casa, poner la tranca en la puerta, la reja en la otra, o arrinconar la silla verde para contemplar el paso de los otros. Lo veo, asimismo, limpiar las fotos de sus padres Juan y Juana.
En algunos libros de la familia, el abuelo está ejecutando el saxofón con su hijo Chon Cerino. En otros, con Chucho, Sebastián y Estela. Hay una foto en el álbum de la familia Cerino Córdova que rememora la vida del abuelo: en ésta Lucio Cerino está en pie seguramente en el malecón de Campeche. Detrás de él y de sus lentes oscuros, el imponente mar. El abuelo como el mar siempre fueron combatientes, trotamundos, de retos. El abuelo nadó por los hijos, por los nietos, por los biznietos, con la idea de que nunca llegaría el fin. Sin embargo, éste se presentó un 16 de julio (2011). Así como el viento de la mala hora.
En otra imagen, el abuelo (aún con cabello) firma el acta de matrimonio de uno de sus hijos, allá por 1978.
Quizás una de las últimas fotos que nos regaló el viejo fue una en donde aparecen sus biznietos Cerino Castillo y otra más -agregada a una red social por Anibal- en que Cerino está tocando el bombo con su hija la Chata. A Cerino le se vio feliz, fue feliz, y murió así, con el saxofón atado al ataúd.
Jalupa es hoy una villa que crece con el ánimo de sus habitantes. Los padres de Lucio Cerino vivieron siempre aquí. Con los Cerino, otras familias como los Hernández, los Madrigal o los Coronel, fueron de los primeros en fundar Jalupa de Jalpa de Méndez.
Exactamente aquí Cerino enseñó por muchos años la música de percusiones y de viento. Conoció a Pedro Romero, el locutor de la música tropical, y vio crecer a muchos músicos de Tabasco.
Lo que nadie dice es que Cerino fue un buen bailarín. Cada vez que por la bocina ya se escuchaba la música, éste movía los pies de una manera peculiar. Nunca le vi romper los zapatos durante un baile pero a menudo lo miré cambiar de gorra, últimamente más tocando el saxofón con sus amigos músicos de la marimba municipal.
He olvidado decir que la sala del abuelo era inmensa. No sólo cabía una hamaca -que mas tardaban en amarrarla que alguien ya la había desatado para mecerse en ella-, sino igualmente cabía el puño de hijos y los hijos de los hijos. He olvidado decir que Cerino, en esta sala, empleaba una semana de su tiempo para hacer un gran pesebre durante diciembre. De niño creí que un día el abuelo cabría ahí porque cada año que pasaba compraba más pasto para extender su Nacimiento. He olvidado decir que por mi abuelo conocí una lámpara de petróleo, y supe de la existencia de las bailarinas -en el ambiente musical- por un trajecito repleto de lentejuelas que atesoraba detrás de la puerta de su cuarto.
—Creo que era de Chabela —decía. Chabela alguna vez bailó en Los Vagabundos y como recuerdo de sus danzas, quedó uno de sus vestuarios para la perpetuidad. Y he olvidado decir que el abuelo siempre presumió a sus hijos profesionistas y a sus hijos músicos. En la sala, además de la foto de su padre, estuvo bien clavada a la pared la imagen de Los Rubin´s, el grupo sensación de la década de los 80´s.
—Tu papá —me decía señalando la foto—es un chingón. Mi padre fue el saxofonista de Los Rubin´s en donde grabó muchos discos de los llamados LP.
Si 4 cosas cuidó siempre el abuelo podría decir que fueron éstas: el saxofón, la silla verde, la reja, y la grabadora que alguna vez la rompió uno de sus nietos, nietos que jamás se salvaron de que el abuelo les hiciera una señal de la cruz en la frente, con saliva, o que les dijera “Tu puta madre”, pero con cariño. Así era Cerino o Merino, como le decían en Jalupa.
El abuelo era un gran narrador de la doble C. De chistes y de cuentos. Y en ocasiones le nacía la idea de ser comediante e imitar los diálogos y posturas de otros hombres de Jalupa. El abuelo vivió y la contó, y la cantó y la gozó: No evoques el recuerdo, de cosas tan hermosas, cuando ya tu cariño, comprendo que perdí…
* * *
La cama de Lucio Cerino está fría. La he tocado un par veces ahora que me dicen que ya nada se puede hacer, que su corazón se paró a las 9.45 de la noche, que es sábado (16 de julio), que llueve afuera y se mojan las calles de Jalupa, que llueve adentro y se mojan los ojos de sus hijos.
Ha llovido por todas partes y el aire -incluso- quiso levantar la casa, meterse como un animal desconocido, llevarse a alguien más entre las patas.
Antes de que Lucio Cerino muriera, lo escuché llamar a no sé quién. Le oí un ruido infernal en la garganta y lo vi inflamado del rostro y de los brazos. Tuve la certeza de que 2 días antes, el abuelo sabía que la voz que le hablaba era yo, el que le decía que “todo estará bien”, el que le dijo “descansa”.
A penas Lucio Arturo, otro de los nietos, había orado con él cuando éste en lo inmediato murió.
Una vez que Nahúm –el médico de la familia- confirmó el deceso, audiograbé cronológicamente lo siguiente:
Una cama fría
Dos almohadas
Una celeste, una naranja
Una sabana
Un rollo de papel higiénico
Un tanque de oxigeno color verde Estoy llorando
Escuché sus nudos en la garganta
Ya era otro, lo siento en esta cama.
Lo siento aquí, tan mío. Su frente, ya no es el mismo. Se fue.
Desde el momento en que Lucio Cerino fue acostado en el ataúd y el cristal nos distanció más, comprendí el llanto de los tíos. Desde aquel instante la casa se llenó de familiares y amigos. Se llenó de ayeres, de anecdotarios, de pésames por la muerte de Lucio, el músico moreno de Jalupa.
Libia, Lola, Conchi y Jorge Alberto, no hicieron más que aportar nuevas lágrimas por la partida de Cerino, del gran padre. Y cuando Anibal lo vio en el ataúd, 2 horas después, el río se desbordó… Lo que pasó al día siguiente, lo escribí en una libreta y lo videograbé con la única intención de dejar evidencia de la muerte del abuelo.
Al llegar al cementerio de Jalupa, la Chata lloró. Recuerdo que de niño, al morir la bisabuela Juana, también lo hizo: ¿Quién llorará el día en que muera la Chata? Mientras Chon Cerino ejecutaba el saxofón con “A dónde irás, veloz y fatigada, la golondrina que te aquí se va”, Estela Cerino dejó caer las últimas gotas sobre el cristal de la caja de madera.
El 18 de julio, a las 10 de la mañana, sepultaron al abuelo en Jalupa. Con un cielo grisáceo, sólo se reportó una ligera llovizna. Ya no fue necesaria la lluvia, ya los Cerino habían ocasionado una inundación con sus llantos.
Mis hermanos, Heidi Cecilia y Jesús Manuel, no pudieron ocultar el lagrimeo y discretamente se limpiaron los ojos.
Jesús Cerino, el hijo mayor de don Lucio, dijo que su padre fue un hombre que se ganó el aprecio, la amistad, el corazón.
En un discurso improvisado en el panteón, y ante cientos de familiares y amigos, el profesor Chucho hizo la siguiente pregunta ante un público que también moqueó:
–¿Estamos de corazón?
–Así es –se oyó el coro.
–Mi padre –continuó– no nos pegó, nos dio amor y estamos orgullosos de él.
Alrededor del féretro, algunos nietos sacaron sus pañuelos para impedir el desbordamiento de ojos, algunos biznietos le hicieron una cruz de flores, y algunos más alargaron sus brazos para tocar al músico que se les fue.
–Los hijos de Lucio Cerino no están defraudados –sentenció con una voz grave don Chucho.
–Gracias y que Dios les bendiga.
Dicho esto escuchamos muchos aplausos, se vieron muchos abrazos, se sintió el fin de Lucio.
Seis hombres fortachones, entre ellos Carlos y Rafael, bajaron el ataúd. El descenso demoró. Después: la tierra, las flores, los nuevos lloriqueos, y la canción: “no vale nada la vida, la vida no vale nada, comienza siempre llorando y así llorando se acaba, por esto es que en este mundo, la vida no vale nada”.
Por un lado, los mariachis añadían “el día que yo me muera no voy a llevarme nada / ya muerto voy a llevarme, nomas un puño de tierra”, y por otro, la banda musical en donde además Jacobo tocó la trompeta, nos volvieron a recordar “no evoques el recuerdo, de cosas tan hermosas, cuando ya tu cariño, comprendo que perdí…”
Cosa curiosa pero Jacobo participó del entierro y despidió con música a Lucio Cerino, a quien jamás vio por su ceguera, y a quien sólo reconoció por la voz. Hoy Jacobo es el único que no vio el final de Cerino, pero oyó el llanto de los hijos, sus dolores. Seguramente los escuchará cuando muera la abuela Charo y los Cerino se vuelvan a reunir para abrazarse a un féretro y sepan que el tiempo es lo único irrecuperable. En tanto, Charo –con pañuelo en la cabeza y ya desgastada por los años- de lejos y con la mirada triste le dio el último adiós a Lucio.
—¿Lo extrañas? —le pregunté a Charo.
—Claro —respondió escuetamente al limpiarse un ojo. Me dijo otras cosas que no podría decir aquí, pero me queda claro que la abuela siempre lo amó hasta el extremo.
—Lo viste en el hospital —insistí.
—Y lo besé y le dije, viejo mi querido viejo.
Jacobo tampoco vio que los Cerino despidieron-al abuelo- vestidos de blanco, como arcángeles, como sepulcros blanqueados, como paramédicos.
Chon Cerino, con un nudo en lengua, alcanzó a decir: Voy a tocar esto para mi padre.
Mi padre ejecutó Toca el saxo, la canción emblemática de los saxofonistas, y el público coreó: “Tú lo tocas”.
La metamorfosis llegó. De llanto a aplausos, de moqueos a “Tú lo tocas”, de dolores a pequeños pasitos. De muerte a alegría. Y comenzó el baile, un baile con el fin de despedir al abuelo como vivió: entre música y baile.
—Mi abuelo será recordado aquí, en Japón y en China —dijo en voz alta Lucio, alias Chaparro.
Y se agregaron nuevas sentencias:
—Lucio sigue viviendo a través de la alegría —comentó Sebastián Cerino.
Una hora después del comienzo del funeral aún vi a nietos trepados en otras tumbas porque nadie quería marcharse. Aún olía a flores que recuerdan los éxodos o los corredores de la muerte. Aún quedaban los últimos kilos de tierra que sepultarían definitivamente al abuelo, aún quedaba algo más por escribir.
Un hijo de Chon Cerino, conmemoró al poeta Jaime Sabines, el vate que escribió Tía Chofi: “Yo no quiero elogiarte como acostumbran los arrepentidos, porque te quise a tu hora, en el lugar preciso…”
Pero al decir este poema, Anibal eligió la frase final de esta historia, una máxima diría yo, y entonándola como es su costumbre remató:
—Ya se murió mi abuelito, miau miau, miau.

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